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Cómo educar la inteligencia emocional en la familia

Vivimos en un mundo donde los éxitos profesionales son más importantes que los personales, donde las cosas adquieren mayor valor que las personas y en donde el aprendizaje académico es más importante que el emocional. 

Hace tiempo la idea de tener un alto coeficiente intelectual dejó de ser la única variable para predecir un futuro exitoso. En los noventa, Daniel Goleman, aclamado psicólogo norteamericano, impuso la idea de que la inteligencia emocional es, en efecto, la clave. Lo cierto, es que educar los sentimientos y emociones, es fundamental para obtener familias bondadosas y con habilidades para la vida.

 

¿Qué es la inteligencia emocional?

 

La inteligencia emocional se podría definir como la habilidad para identificar, entender, empatizar y controlar impulsos y sentimientos. A pesar de lo que algunas personas pueden pensar, las habilidades sociales y emocionales son herramientas concretas para triunfar en sociedad, en el trabajo y con los pares.

Ser capaces de empatizar con los demás, es una habilidad necesaria para adaptarnos a nuestro entorno. Esto se aplica también a la crianza, donde se hace un llamado a madres, padres y cuidadores a ponerse en lugar de las niñas y niños antes de tomar decisiones sobre castigos, reprimendas u otros. Esto va de la mano con una Crianza Positiva, que se basa en usar el cariño y la empatía en la educación.

 

¿Cómo ser madres, padres y cuidadores con inteligencia emocional?

 

Para nadie es una novedad que ser madres, padres y cuidadores es un camino con una pronunciada curva de aprendizaje. Especialmente en tiempos donde la pandemia ha cambiado nuestra forma de vivir, obligándonos a estar más juntos, más cerca y en circunstancias más complejas e intensas que antes.

Tampoco es sorpresa que niñas y niños aprenden más del ejemplo de sus cuidadores, que de las palabras y órdenes que ellos proclaman. Por ello, los adultos responsables deben ser quienes se inicien en una correcta educación emocional para así, poder educar de la mejor manera, entregándoles a las niñas y niños, las habilidades que ellas y ellos necesitarán para ser felices y exitosos en su vida.

¿Cómo pueden los adultos desarrollar su inteligencia emocional?

 

1. Conocerse a sí mismo:

Entender nuestros estados de ánimo, qué es lo que nos hace enojar o alterarnos, qué nos provoca paz y cuándo sentimos pena. Si sabemos identificar estos patrones, podremos saber en qué momento alejarnos de una situación o toma de decisiones. 

 

2. Regularse a sí mismo:

En la misma línea de lo anterior, el autocontrol emocional se vuelve importante en las situaciones que requieren de nuestra templanza. Especialmente cuando estamos tratando con menores de edad que, muchas veces, pueden hacernos perder la paciencia. Ante este tipo de escenarios, si es que es posible, lo mejor es respirar hondo, alejarse de la situación por unos minutos y volver cuando se esté más calmado. 

 

3. Empatía:

No todos sentimos lo mismo. A veces no entendemos por qué la niña llora o el niño está haciendo una rabieta. Ponerse en los zapatos de los demás es una de las claves de la inteligencia emocional y se conforma en una herramienta que permite poder negociar, conversar y llegar a acuerdos de manera respetuosa.

 

4. Elegir el vaso medio lleno:

Hay quienes plantean que las emociones se pueden controlar. Es decir que podríamos escoger cómo enfrentar una situación, lo que nos ayudaría a motivarnos, concentrarnos, desarrollar la resiliencia y la perseverancia. 

 

Niñas y niños con inteligencia emocional

 

Ya sabemos cómo desarrollar la inteligencia emocional en los adultos responsables. Ahora, ¿cómo traspasar esta habilidad a niñas y niños que, muchas veces, tienen mayor desregulación de sus emociones? El proceso es algo similar: 

 

1. Regalar tiempo:

Estar presentes para escuchar y acompañar a los hijas e hijos en sus vivencias, generando espacios de calidad que pueden resumirse en conversaciones, juegos u otro tipo de actividades que permitan entender las experiencias de las niñas y niños, pase lo que pase. 

 

2. Reconocer el sentimiento y darle nombre:

Las niñas y niños no siempre saben qué les está pasando ante un disgusto: sienten que quieren llorar, gritar o patalear, pero no necesariamente pueden nombrar aquello que están sintiendo. Ahí es donde entran los adultos, conteniendo, apoyando y ayudándolos a entender que lo que sienten es enojo, pena o miedo. De esta manera, en el futuro ellos mismos podrán identificar sus emociones y aprender a gestionarlas. 

 

3. Gestionar las emociones:

No siempre podemos controlar lo que sentimos, pero sí cómo reaccionamos. Con las niñas y niños de temprana edad, se puede ejercitar el contar hasta 10, respirar profundo, cambiar el foco de atención por un momento o salir a dar una vuelta para luego referirnos al conflicto, qué sintieron y cómo creen que hay que resolver el problema.

 

4. Enseñar empatía:

¿A ti te gustaría que te hicieran esto? ¿cómo crees tú que se sintió tu amigo cuando le pasó eso? y muchas más son las preguntas para ayudar a las niñas y niños a reflexionar y entender cómo se sienten los demás.  Esto se puede aplicar incluso cuando leen cuentos juntos o ven su dibujo animado favorito en la televisión.

 

La clave para vivir y educar la inteligencia emocional es entender y empatizar con los demás y acompañar a las niñas y niños en este aprendizaje. Solo así, les estaremos entregando herramientas que podrán poner en práctica durante toda su vida, y crecer siendo más felices, bondadosos y, quién sabe, exitosos.