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Niñez en movilidad

Hablar hoy sobre el fenómeno de migración o movilidad se ha convertido en un tabú, es ahora uno de esos tópicos que, debido a sus múltiples aristas, puede llegar a herir susceptibilidades, incomodar y confrontar ideologías y retóricas, pero ahora más que nunca es necesario poner en evidencia.

Si partimos de la realidad de que México es el segundo país en el mundo donde se originan más personas migrantes, y es caracterizado por ser un país de origen, tránsito, destino y cada vez en mayor medida de retorno de personas migrantes; parece no haber lugar para discursos discriminatorios y xenófobos que permean nuestra sociedad en su mayoría.

Retrocedamos un poco. En junio del 2018, muchos sentimos indignación al ver aquella fotografía del estadounidense John Moore – que más tarde ganaría el World Press Photo a la fotografía del año – donde una niña asustada llora mientras su madre es detenida en la frontera de México con Estados Unidos, reflejando solo una parte de la violencia psicológica a la que niñas, niños y adolescentes en movilidad están permanentemente expuestos.

Preguntémonos entonces, ¿no es suficiente la violencia que han sufrido en sus países de origen para aún durante su trayecto, enfrentarse a situaciones que marcarán profundamente su niñez? En México, ¿no estamos sufriendo ya una violencia palpable que está forzando a muchas poblaciones a migrar también? Hoy son ellos pero mañana podemos ser nosotros. Podrías ser tú quien necesite ayuda y pida que sus derechos humanos sean respetados.  

 

Obstáculos en la garantía de sus derechos

Entre enero y noviembre del 2019, un total de 50 mil 621 niñas, niños y adolescentes acompañados y no acompañados fueron detenidos, según el Instituto Nacional de Migración. De ellos, el 60 % tiene menos de 11 años y el 67 % han sido deportados a sus países de origen, principalmente Honduras y Guatemala. Sin embargo, no hay cifras exactas ni sistemas de información efectivos que permitan contar con elementos acerca del número de niñas, niños y adolescentes que migran, más allá de las cifras que los gobiernos contabilizan; lo que impide vislumbrar de manera eficiente el nivel de vulnerabilidad y violencia.

Ligado a lo anterior, acceder a mecanismos de justicia es muy difícil. No estar dentro del sistema de registro impide acceder a servicios básicos de salud, educación, programas sociales y se enfrentan a una violencia estructural que los excluye.

Especialmente cuando las niñas, niños y adolescentes viajan solos, se convierten en un blanco fácil para ser explotados con fines laborales, de tráfico sexual o como peones del crimen organizado.

Las detenciones, la violencia y el incumplimiento a los derechos de los niños desplazados están siendo tolerados bajo discursos limitativos. Además, la reciente decisión del Estado de haber negado el acceso a organizaciones de la sociedad civil y entidades de fe a los albergues – principal apoyo de las familias en tránsito -, representa un coto para la protección y vigilancia de los derechos humanos.  

Transformar desde la ideología

Ha existido una tendencia hacia la criminalización de estas movilizaciones que invisibiliza los problemas de raíz en los países centroamericanos, además de todas las formas de violencia que están presentes en su camino y ponen en riesgo su vida.

La lucha sigue pendiente, se deben garantizar las condiciones y oportunidades para una vida digna en los países de origen y concretar acciones que protejan a toda persona que ejerza su derecho a emigrar; principalmente de niñas, niños, adolescentes y jóvenes.

Es urgente y necesario aplicar todas las leyes internacionales como el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular ratificado en 2018, que tiene como algunos de sus objetivos: Prevenir, combatir y erradicar la trata de personas, utilizar la detención de personas migrantes solo como último recurso, mejorar la protección y asistencia a lo largo de todo el ciclo migratorio y proporcionar el acceso a servicios básicos; pues es evidente que no se están llevando a cabo en su totalidad.

A partir del trabajo colaborativo, y la unión de esfuerzos y experiencia entre el actual gobierno y organizaciones de la sociedad civil podría transformar la situación que ahora vivimos, pues por años han sido las OSC quienes atienden diferentes tipos de población vulnerable y conocen sus necesidades, por supuesto las personas migrantes son uno de ellos.

La migración de mexicanos hacia los Estados Americanos existe desde tiempos históricos. En el adn de todas las sociedades se encuentra la migración y podríamos desempolvar la memoria colectiva de las injusticias vividas para construir empatía y solidaridad humana. Las niñas y los niños del mundo son responsabilidad de todos. Son el presente y el futuro de un mundo que solo podrá vivir pacíficamente, si hoy los protegemos de la violencia y les enseñamos inclusión, tolerancia y amor.